La Coctelera

Volteretas

Desde la última vez, has crecido. Como más hombre, quizá más cansado. En el fondo de los ojos sigue habiendo ese brillo, y te rodeas de colores como el primer día, animado por las risas de los niños que te llevan a lugares conocidos a los que ahora te da un poco más de vergüenza visitar. Pero sí, sigues siendo tú. Acaso miras un poco más al cielo, porque vas aprendiendo que todo se lo debes a él, y no haces tanto el loco cuando la gente se te acerca divertida. Sé que eres tú porque miras igual por la ventana al amanecer, suspiras todo lo que te rodea al caminar por las calles abarrotadas y te sonríes igual cuando aprecias la vida que se esconde siempre pero a ti parece saludarte burlona. Te echamos de menos y te necesitamos, como tú a nosotros...



Lo que lleva un poeta en la mochila

LLEVA yogur para el camaleón
Las tijeras del equinoccio con que sí
Las tijeras del equinoccio con que no
Piedrecillas para el cementerio judío de la piedad
El bulbo del razonamiento
La Historia del Movimiento Obrero de las Hormigas
Una taza para el agua
La llave que abre el sueño de las muchachas dormidas
Los zapatos de Josephine Baker y la herradura de los ladrones
Lleva un puñado de tierra para la almohada
Y es la almohada
Un silbato para encender el brasero
Ruido de nueces para el instante de las semejanzas
Una aldea donde es feliz el calor
El pasadizo de estrellas hacia el rey del otoño
Un tintero para el himno de la desobediencia
Pan para el pan, eso lleva
Lleva la prosperidad de las repeticiones


(Juan Carlos Mestre, La habitación roja, Calambur 2008)

Viento y voces

Hubo un día, que al salir a la calle, una bufanda verde se quedó enredada en una rama del árbol de la entrada. Ése que siempre está seco y feo, tuvo un arrebato presumido y quiso engalanarse justo cuando ya no era tiempo de ponerse guapo. Así, la torpe y dormida carrera matutina de siempre esperó unos instantes, quizá a modo de calentamiento, para fijarse que todos los pinos de la finca bailaban a izquierda y derecha al son de un viento insoportable, que ya le había despertado a las cinco. Para qué maldecir, para qué, si tras ese autobús que ya no cojo viene otro. Para qué correr, para qué, si el viento corea mi nombre y todo a su alrededor me anima, me lleva, me abriga para poder destapar las luces de un nuevo día. Ése día fue hoy. O ayer. Cuando sopla tanto, pienso que mi gente lucha por hacerse decir. Que el aire silbe su nombre en mis oídos, y viendo cómo vuela una hoja o una señora lucha tristemente con su compra, traiga a mi memoria algo que me recuerde a ellos. También, si es muy fuerte y viene en contra, me desgañito cantando mientras camino justo detrás de alguien. La voz casi se la ve salir despedida hacia atrás, estamparse en el dorso de una señal de tráfico, morir ahogada en un charco resistente e incluso quedarse enganchada en las ramas de un árbol. Esperando que alguien se la guarde en el bolso mientras deshacía el falso nudo de una bufanda...



El Burgo Ranero - León (29 julio)


Y por fin, León. No vale de nada que cuente el madrugón, la salida a oscuras, sintiéndome un ladrón, de ese albergue que ya sentía como mi casa, lleno de calor. La caminata a oscuras, guiado por las estrellas y la tímida hilera de árboles que quieren crecer pero son incapaces de ofrecer una sombra. No vale de nada contar el miedo de escuchar, tras una hora andando en la más absoluta negritud, unas pisadas que vienen tras de mí. O el buscar a tientas la linterna que se cae y se pierde para siempre. Ni el almuerzo reparador en Mansilla de Las Mulas con esa empanada comprada el día anterior. Encontrarme a Adrián, sorprendido de haber llegado hasta ahí del tirón. No vale de nada contar la agonía hasta León, perdido entre rotondas, polígonos industriales y un sol abrasador que me quitó las ganas de seguir adelante.

Tengo la rodilla que me hace retorcer de dolor, pero valen más las lágrimas derramadas al entrar en la ciudad, por una calle cualquiera. Vale más la agonía bajando el Alto del Portillo para decir mientras voy por las calles que al final sí que valgo. Vale más sentir que lo he logrado, que los 37 kms de hoy en realidad han empezado a ajustarme conmigo mismo. Me llevo bien, pero puede ser que me quiera poco. Siempre pendiente de mi estar con los demás y para los demás, resulta irónico que el día que más solo he estado sea el de León, el de la ciudad grande.

Echo de menos los albergues, y miro al futuro con preocupación por la rodilla. Pero bueno, mañana volvemos a empezar con la vista puesta en un nuevo pueblo, en un nuevo albergue pequeñito. Es emocionante ver cómo han llegado hasta aquí gente que creí dejar atrás, como el padre y su hijo italianos, y nos hemos abrazado al reconocernos juntos en las literas de las Carbajalas. Y la paz de una misa en la Catedral, mientras el último sol de la tarde me daba en la cara filtrado por los colores de las vidrieras; una visita a San Isidoro, y un paseo por el centro de León esperando ver si X. se animaba a tomar una cerveza conmigo. Pero al final, nada. Hoy tocaba estar solo, entre tanta multitud y magnificencia, era el momento de pasar un tiempecito a gusto con Iván. Y no ha estad del todo mal. Además, que estoy de un satisfecho que te cagas. Quería compartirlo con tanta gente que al final, me lo he guardado para mí.

He comprado una navaja. He abierto el choricillo que me dio S. en El Burgo Ranero. He merendado con una brisa fresca en el patio del convento, al lado de un joven francés al que llevo viendo varios días en la distancia. Hemos hablado algo y nos hemos preguntado por qué estamos haciendo el Camino. Luego he rezado vísperas con las monjas, antes de entrar en el barracón enorme para dormir. Estoy contento, mucho. Nunca olvidaré mi mayor soledad llorando a las puertas de León. Y mañana hasta Villandangos o San Martín del Camino, ya veremos.

Ilusionante

La noche no solo esconde, descubre. Los pasos no solo huyen, traen. Unos ojos no siempre lloran, a veces explotan ilusionados. Así, un año más, siempre, me deslizo entre las sábanas deseando que la ficción supere a la realidad y que ojalá en algún lugar exista fuera lo que mueve tantos corazones dentro. Así, mientras existan ojos que sonrían, luces que se enciendan en mitad de la noche esperanzadas, brazos que se abren generosos para darse y que al final reciben todo... Mientras siga habiendo chispitas que prendan, casi rozándonos, la ilusión que se posa en nuestros hombros un segundo, que nos pica en la nariz y nos despierta los pies para seguir caminando, seguiremos vivos. Feliz ilusión a todos.



Remordimiento


PERO esta noche...

Te abrazaría, créeme,
te besaría,
te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.

Y te comprendería
te comprendo ya, créelo.
Nos va enseñando tanto
la vida... Nos enseña
por qué un hombre ve rota
su voluntad, y sueña,
y vive solitario;
por qué va a la deriva
en el témpano errante
arrancado a la costa,
y se deja morir
mientras mira impasible
cómo se hunden los suyos,
la carne de su carne,
su hermoso mundo...


(José Hierro, Cuanto sé de mí, Universidad Popular José Hierro 2003)

Punzada

Nochevieja preuvas. Rodeado de gente, un segundo, mínimo pero intensísimo, me siento el hombre más triste y solo del mundo. Ignoro si por haber podido hacer mucho mejor todo lo que viene a mi cabeza en plan película-justo-antes-de-morir; si por haber pasado ciertas cosas que queriendo lastimarme me rozaron, si acaso un arañazo que escuece justo ahí; si por haber crecido otro par de centímetros, afeitarme otro milímetro cuadrado más de barba o cargar con más agujetas durante el fin de semana. Puede que por todo lo contrario, y haber triunfado sobre un año que se extendía a mis pies como cristales rotos, anudándome a las hebillas de las vidas de otras gentes, teniendo personas a las que ir a decir adiós o vinieron a decirme hola... Es una punzada dolorosa, aséptica y blanca, que se tiñe velozmente del color de todas esas cartas, gritos, carreras, tardes en la hierba, canciones, lágrimas ante la última página, tequieros con el teléfono colgado, abrazos robados, ojos sonrientes, silencios acogedores y así hasta 2009 regalos de vida que sacudieron mi corazón de tantas maneras distintas. Tras el aguijón, la fiesta de comerme mis doce mejores momentos del año y el júbilo de desafiarme para repetirlo en 365 días. Mola.



Mis doce uvas


1.- El Camino de Santiago, salvavidas de tierra, sol, peregrinos y lágrimas sobre piedra.
2.- La UVa, baúl de cafés, sonrisas, apuntes, besos en escaleras y sueños que volaron por el casco antiguo.
3.- Los 17 magníficos y sus ojos saliéndose por las ventanas, con esos proyectos de vida latiendo en cada grito, protesta, enfado, lección aprendida y dada.
4.- La EASA. Casa, cuna, pista de despegue, familia y árbol para construir en lo más alto.
5.- Los fantasmas que volvieron de lejos, sin la sábana y la cadena, a perdonarme.
6.- Miguel y Petete.
7.- El duro Negral. Un reencuentro, un desafío, una balanza que comienza a templarse y templo.
8.- Todos los libros leídos.
9.- Toda la música escuchada.
10.- Las vidas de cuantos se cruzaron conmigo y su inmensa generosidad al compartirlas.
11.- Lafamiliamacho. Jo-der.
12.- Dios. Este año me has regalado lo que siempre he querido.

¡¡Feliz Año nuevo, personitas!!
(prometo leeros y aparecer más por aquí, sois mi gente también)

Autobuses

Aprendí una lección doméstica, sin importancia, las dos veces que estuve contigo.
Siempre debes sentarte a su izquierda en los autobuses, podría rezar.
La única razón y argumento para construir esta norma se llama azar.
El azar es la cabeza reclinada en una curva, y la sonrisa que se pierde mientras miras por la ventana. Una mano en la rodilla, un empujón cariñoso. Todo se genera en un mismo ritmo cíclico: izquierda-derecha, y dercha-izquierda si es recíproco o generoso. Nunca de otro modo.
Saber que siempre, en ese hueco a la derecha, hay alguien; del mismo modo que por ese hueco se terminará yendo cuando abran las puertas en su parada, o la tuya.
En su parada, o la tuya, sabrás que puedes dar un beso ciego en esa dirección y encontrarte mucho más de lo que tú quieres decir tan tímidamente en el último instante.
Así sucesivamente. Nunca te sientes a su derecha, porque nada de esto habría podido ocurrir.
En esa lección casi sin importancia aprendí que la vida, como los autobuses, está en constante movimiento y es una gracia haber coincidido contigo durante el trayecto.


La estatura interior


La estatura interior es un secreto
no sólo para quienes nos miran con sorpresa,
sino para el intruso que en nosotros
asiste a nuestra vida sorprendido.

En una ciudadela inaccesible,
cuyo trazado dicta el pensamiento,
el huésped al que damos cobijo se pregunta
de qué sustancia insólita está compuesta el alma,
hacia dónde se extiende su estatura interior.

Crecemos por crecer, nos dilatamos
más allá de nosotros, nuestros límites
nos son desconocidos, este orgullo
tiene una explicación, es un delirio
con fundamento lógico, un acorde
que suena dirigido a las alturas.

Menguamos sin porqué, nos contraemos
en la voracidad de nuestra llama,
hemos dado en decir que el mundo mágico
se rige por el plan de nuestra secta.
Es un delirio solo comparable
al insensato orgullo que nos mueve.
Parece que reptemos en la imaginación,
y si el aire nos pulsa no sonamos acordes.

La estatura interior nos circunscribe
a una especie difícil que solo se alimenta
de mezquindad y sueños. Es un lastre
y el modo en que se extienden nuestras alas.
La estatura interior nos cataloga
en el álbum severo de la zoologia:
la bestia equidistante,
entre el reino animal
y el reino de los dioses.

(Carlos Marzal, Metales pesados, Tusquets 2001)

Efeméride

Cuando pasa el tiempo, dejan de ser aniversarios. Lo notas en que apenas recibes un sms tempranero, o una sonrisa compasiva cuando lo anuncias entusiasmado. Y a pesar de todo, o gracias a ello, lo disfrutas mucho más porque se ha vuelto más puro y rezuma satisfacción al haber llegado, una vez más, al hito orgulloso que te recuerda que sabes y puedes hacer cosas buenas. Así que puede parecer que el gran día anónimo se marcha por la puerta de atrás, pero justo antes de apagar la luz lees cosas como "nadie te desprecie por ser joven, no descuides el don que posees, cuídate tú y cuida la enseñanza, sé constante" y te das cuenta de que todo, una vez más es más sabio que tú y tu resabiada inteligencia.



Terradillos - El Burgo Ranero (28 julio)


¡Uf! ¡Qué dolores al llegar, casi insoportables! Mis primeros 30 kms llenos de dolores y demás tentaciones, mira que me como la cabeza. Espero que mañana, que se presenta como día clave, vaya medianamente bien y la rodilla me respete, porque se me ha puesto como un bombo. Eso sí, llegar aquí ha sido como un oasis: la gente del pueblo encantadora, el barecito, ese albergue hecho con adobes...

Y eso que esta mañana la salida no pudo ser más desconcertante. Estuve caminando por las pistas de Terradillos a oscuras una hora o así, sin ver una flecha ni nada amarillo, con una angustia de perderme tremenda. Miraba al horizonte, a ver si alguna linterna despistada me guiaba. Pero nada. Ni viento, ni luces, ni estrellas. Solo grillos y miedo a perderme. Normal que ver esa flecha pintada en la carretera me pusiera a dar botes de alegría y a tope para seguir la ruta.

Pasé por San Nicolás al amanecer, saludando a algunos peregrinos que ayer alargaron hasta aquí su calvario por la estepa desértica en que se ha convertido Palencia. Joder con mi tierra. Hoy, por fin, tras tres días asado, tostado, abandonado, harto de la tierra de campos, abandonaba Palencia, y me he sentido como desprotegido al salir. He adelantado a los austriacos, que no son pareja, sino una mujer y el mejor amigo del marido, casi a la entrada del linde de León. Allí me agaché, justo antes de salir, a coger una piedrecita palentina, para la Cruz de Fierro. Pensé en toda mi gente y seguí adelante, el sol iba calentando. Y al poco tiempo Sahagún, enorme, y el sitio ideal para tomar un bocadillo, en un banquito frente a un albergue de ancianos. Un perro me mira, así que le doy algo de mi bocata de mortadela con tomate y jamoncito. Crema a tope y a comer una manzanita mientras salgo de Sahagún. Parece un lugar bello para visitar, por lo poco que veo. Unos hippies hacen el tonto con su perro y sus sartenes en el puente que hay justo antes de salir, y me pone de buen humor.

Luego ya es la pura nada hasta llegar al Burgo. Adelanto a los italianos que iban a toda mecha y pienso que van mal, porque con lo que corren... Estoy media etapa justo delante de ellos, y me distraigo escuchando sus risas y exclamaciones. El Burgo nunca llega, el pueblo lleva ahí, en el horizonte como una hora y media y el sol me ha dejado hecho polvo, y solo eran las 12.

Llego al albergue municipal, cerrado, y miro a la gente. Una vasca que habla mucho, unos irlandeses, una parejita que acaba de comenzar en Sahagún y van fresquísimos. Me siento muerto en el suelo, a la sombra y compruebo orgulloso que los pies siguen sin ampollas. Aparece Adrián, con su almuerzo, diciendo que sigue un poco más, otros 10 kms; me tiene flipado. Abren el albergue y empieza la magia: una casita de madera y adobe, habitaciones pequeñitas, buen ambiente... Nos atienden dos hospitaleros andaluces encantadores. Lavo mi ropa y voy a la farmacia cojeando a por Voltarén. Todo está a unos 50 pasos del albergue: la tienda, el bar, la farmacia... Me merezco un cañón de un litro con su tapita, jejeje.

Estoy tan roto que solo como algo de fruta y me voy a dormir. En mi habitación solo hay alemanes, y una chica en paro que salió de Somport y ayer anduvo ¡54 kilómetros! También va sola, y se la ve en una onda muy especial. El albergue se ha llenado, pero durante el día han estado viniendo peregrinos desesperados por el sol en busca de una cama.

A media tarde me llama S. que vive cerca y viene a verme. Me trae chorizo de su casa, para el camino. Hablamos de esto y aquello y me sorprendo alegre por verle. La gente a eso de las 7 se pone a cenar en las terracitas del bar. Los austriacos resulta que están también en el albergue, y me pongo con ellos a charlar. Me cuentan de sus trabajos, muy cercanos a lo que yo hago, y hay química. Empiezan los cantos tiroleses, las risas, las palmas... Se juntan unos alemanes que contribuyen con algo suyo... Atardece y se pone fresquito, y con la música es simplemente perfecto. Luego me han pedido que me animara con algo, y bueno, me puse con clavelitos a pelo mientras la terraza daba palmas.

Cenando conocí a otro señor de Austria que lleva 100 días en el camino, y me contó de la familia polaca que van en bici y andando, ya como un mito de esos días del camino. Luego la hospitalera, antes de dormir, nos invita a ver la Laguna de la manzana por la puesta de sol. Es un charquito, pero la gente lo celebra como si estuviéramos en el Everest. Allí se traduce la leyenda en inglés, y la vasca se sale... inventándose todo. Muy muy buen rollito, la verdad. A pesar del cansancio, le echo una carrera a Martin para ver quién se queda con el baño antes de ir a dormir.

Ya en el comedor, mientras escribo esto, me despido de los austriacos. He pasado la tarde con ellos, y hemos recorrido los tres días juntos, mis tres primeros días. Nos cambiamos los mails y me emociono al decirles adiós, porque ellos no van a León y por tanto ya iré (si Dios quiere) por delante todo el tiempo. Mis primeros amigos peregrinos. Gracias.

Me voy ya, pero te pongo aquí una poesía que he encontrado esta tarde de Claudio Rodríguez, leída a la sombra de un árbol mientras soplaba la brisa:

Ajeno

Largo se hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a la lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
la refresca y yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
solo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá. Y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

(Claudio Rodríguez)

¡Buen Camino! Mañana salgo a las 4. Me espera... León y antes 40 kms. Estoy cagado.

Éxodo

Hay un eco terrible en la habitación y unos bultos extraños en el pasillo. Los sonidos habituales de cada noche se reciben hoy como invitados a través de la ventana que abierta, ya no sé si deja entrar los últimos mosquitos del verano o salir en torrente cada uno de los suspiros y deseos colgados del techo cada una de las noches de todo este tiempo. Así, con la oscuridad, todavía me siento arropado. Mañana, vamos al centro de la tierra y hay que sacar brillo a las botas. El que vale, vale. Y el que no...



Carrión - Terradillos (27 julio)


El segundo día ha sido muy temido por las agujetas o dolores de cualquier tipo, pero cuando he llegado a Terradillos de los Templarios a eso de las 12, supe que lo peor será mañana, de los dolores y agujetas que tengo ahora, moviéndome por el albergue como Chiquito de la Calzada Candemorrr. Me siento acompañado, en la travesía, por mucha gente: objetos, mensajes, intenciones... y el Camino se hace también en parte con ellos.

La travesía ha sido llevadera en lo físico y dura en lo mental. Salir de Carrión a oscuras, dejando a la izquieda San Zoilo y cruzando a lo salvaje esa rotonda por la que paso siempre cada vez que voy al pueblo, ha sido muy entrañable. Me siento muy de aquí, estos días. Después ha venido un tramito de 17 kms sin árboles, sin pueblos y sin nada, lleno de pedruscos que me ha parecido un poco burrote, porque no ves nunca el final y te comes la cabeza a cada paso que das. El sol iba apretando. Unos franceses mayores se pararon a saludarme porque me vieron en la misa de ayer. Camino un par de kilómetros con una familia de Canarias, tres niños y el carrito trotando por ese pedregal, el padre decía que ni sentía los brazos de la vibración, y con cara de alucine me como una manzana con ellos. He celebrado como un loco la aparición de Calzadilla, tras una curva. Luego el resto del camino, con sol abrasador, ha sido un goteo de peregrinos solitarios. Veía un repecho y me decía, ¿podrás? Y después de pensar en ello ya me encontraba bajándolo. Un chico coreano escribía algo tumbado en medio del camino. Un señor del pueblo decía que hoy no hacía calor, menos mal.

En ese sentido, de comerse la cabeza, el día ha sido de mayor vaciamiento que ayer, pero con mucho ruido alrededor todavía. Muy contento con la gente del albergue, lo cierto es que hay un ambientillo increíble en estos sitios pequeños. Miedo me da meterme en sitios más grandes y más frecuentados, porque hoy también he tenido un rato larguillo solo en el camino. Marga, la hospitalera, es hermana de mi vecino del pueblo.

Sigo sin saber qué me ha traído realmente al Camino, pero lo que sí se es que hay algo que voy a ir descubriendo poco a poco, y que me gusta el ambientillo, los rituales, los saludos, los deseos sinceros de que a la gente le vaya bien. Como con David, un segoviano que hace el camino todos los años y me recomienda un par de albergues mientras despachamos una caldereta y nos reímos de una americana que corre espantada por el patio ajardinado al ver cómo el gato de aquí se carga a un ratón y juega con él. Estoy en la habitación con los austriacos de ayer, y el padre y el hijo italianos también. Está llenísimo de europeos, y muy poco español, así que disfruto puliendo el inglés.

Por la tarde, en la terracita, hablo largo y tendido con la familia de Canarias. Vienen ¡desde Roncesvalles! y lo dejarán en León, por los niños. Pero son unos jabatos. También un par de chicos de Barcelona, con quienes juego a la escoba y cenamos entre el viento que se ha levantado. Con Marc, uno de los dos chicos, estuve dando una vuelta por el pueblo (que no tenía nada de nada de nada) y hablando un poco de todo: eutanasia, aborto, qué hago yo aquí, qué hace él... el chico tiene problemas familiares y ha estado preguntándome cómo lo veía yo. Buena gente. Adrián llegó y siguió hasta el siguiente pueblo, y yo me quedo pensando si no sería mejor haber andado 5 kms más, pero es cierto que estoy roto. Un alemán me ha pagado porque sí una cerveza "para el calor" y hemos recibido con aplausos a los últimos franceses que han llegado a eso de las 5 con casi 36 grados.

Ahora la gente se retira, y hay alguien tocando una guitarra en la terraza. La ducha de hoy ha sido mi primer paraíso del día. Es bueno ver que con muy poco la gente es realmente feliz. Pienso en mi familia, me siento a millones de kilómetros de ellos. Mañana dejo Palencia y entro en León, comenzando las etapas de 30 kms. A ver si me respeta el cuerpo y se me quitan estas agujetas. Hasta mañana.

¡...et suseia!

Otra vez con la casa a cuestas. Cajas, precinto... Se cansa uno de moverse. Ahora, encima, a la boca del lobo, la gran urbe, aunque con lo tímido que soy, me quedo en la comisura, acercándome tímidamente. Allí me espera algo. Y alguien. Poco más sé. Mañana se cierra Palencia, y se abre un horizonte abrumador. Se ha ido gente, otra está yéndose, y yo decido quedarme, cuidándoles el sitio. No sé, todo es raro. Pero quería saludar por aquí. Y me permitís que en vez de poesías, os ponga, poco a poco, la crónica de mi Camino, de mi Cambio, de lo que escribí al terminar cada día. Un estriptis.



Frómista - Carrión (26 julio)


Uno nunca sabe qué va a encontrarse al comenzar algo nuevo, y el Camino asustaba. Salir así, de sopetón, tras el campamento, casi huyendo, era una prueba a mi propia resistencia física y mental. Ha sido conmovedora la ruta de las fotos con X., por Puente Fitero, la fuente del piojo, ver esos peregrinos que salían del albergue a las 6:00, la llegada a Frómista tras la salida neutralizada en coche... Me sentía nervioso y espoleado por la ilusión. De no ser por ella, todavía estaría agarrado al bordón dentro del coche.


Empiezas a andar y sientes que te tienes que vaciar de tanto ruido, de tantas cosas que pesan. Piedras, gente que adelantas y saludas, silencio. Un bastón que se escurre, e ir sintiéndose bien a medida que se llega. La parada reparadora en Villalcázar de Sirga, con la Iglesia muda (¡y los nervios del primer sello en la Credencial!). Cuando se te ponen los pelos de punta porque te adelanta un ciclista y oyes por primera vez: "Buen Camino, peregrino", o el señor que con el coche, baja la ventanilla y aminora para saludarte. Ésa ha sido la señal que estaba necesitando para que a pesar de creer que puede haber sido un error venirme solo, he acertado.


El tramo es llano, recto, seco... y el sol es de justicia. 19 kms para empezar, que se hacen cortos al llegar a Carrión. Sigo jugando en casa, es mi tierra, mi zona. Me emociono al pensar que a 50 kms está mi familia saliendo para ir a misa. Y yo llegando a Carrión, siguiendo ilusionado las primeras flechas. Con las Agustinas, como en casa, y con la familia de Y., profesora del cole, comiendo rodeado de niños y mayores, en familia, lleno de cariño y afortunado porque no hay mejor inicio para un peregrino.


En el albergue, los primeros conocidos. Adrián, de Zaragoza, que viene desde Jaca. Y dos gallegos en sus bicis, reventados. Una chica de Dinamarca muy maja que le pone ojitos al de Zaragoza. Manuel de Sevilla, en su 5º Camino. Todas estas cosas durante la cena compartida, con muy buen ambiente, risas, chistes en inglés, francés... Me he emocionado esta tarde con la presentación de los peregrinos y las canciones con las monjas. Y una misa, como en casa. Después un breve paseo con Y. por el pueblo y ver atardecer con San Zoilo recortándose sobre la arboleda. Me voy a dormir, que mañana sí que será duro. Entusiasmado por el inicio, por la gente, por las flechas, por andar por una senda mágica.


----------
Añado que esa noche, mientras dormíamos, un italiano se cayó de la litera y todo el mundo salió escopetado de la cama a socorrerle. Y que al salir, al día siguiente, me encontré una alumna que venía de fiesta...