De pequeño hacíamos carreras con las bicis a ver quién llegaba el último. Una raya de tiza amenazadora, y gente suspendida en el espacio, al ritmo de media pedalada seca. Siempre llegaba el penúltimo. Un poco al estilo del síndrome del tonto que cambia de andén justo cuando marcha el tren. Hacemos cada día el esfuerzo de estirar la cuerda, para que pueda pasar la gente, y en la tensión se van quedando las manos marcadas y los músculos doloridos. Ya cansa tanto esfuerzo de final fijado. Nunca una meta apeteció tan poco como esta... Es curioso ver cómo todos seguimos pedaleando ahora, pero mirando a los lados, nunca al frente, y si acaso lo hacemos con la lupa en la mano, para no perdernos todo aquello que va pasando en cada paso: un suspiro, un cuaderno que se cierra, un aula vacía, un profesor que no habla más del año que viene... La raya de tiza que esperamos que se borre, y solo se irá cuando nuestros zapatos hayan pasado por encima de ella.
Ten miedo de mí
HOY que llevo en la boca el sabor a vencido,
procura tener a la mano a un amigo que cuide tu frente y tu voz.
Y que cuide de ti, para ti y tus vestidos;
y a tus pensamientos mantenlos atentos y a mano a tu amigo
La importancia de verte y morderte los labios de preocupación
es hoy tan necesaria como verte siempre,
como andar siguiéndote con la cabeza en la imaginación.
Porque sabes, y si no lo sabes, no importa,
yo sé lo que siento, yo sé lo que cortan después unos labios,
esos labios rojos y afilados,
y estos puños que tiemblan de rabia cuando estás contenta.
Que tiemblan de muerte si alguien se te acercara a ti.
Hoy procura que aquella ventana que mira a la calle en tu cuarto
se tenga cerrada porque no vaya a ser yo el viento de la noche,
y te mida y recorra la piel con mi aliento
y hasta te acaricie y te deje dormir
y me meta en tu pecho y me vuelva a salir
y respires de mí...
O me vuelva una estrella y te estreche en mis rayos
y todo por no hacerme un poco de caso;
ten miedo de mayo
y ten miedo de mí
porque no vaya a ser que cansado de verte
me meta en tus brazos para poseerte y te arranque las ropas
y te bese los pies
y te llame mi diosa
y no pueda mirarte de frente
y te diga llorando después:
por favor tenme miedo,
tiembla mucho de miedo, mujer
porque no puede ser...
En un mapa repleto de flechas rojas y azules nunca terminas de encontrar cuál es tu sitio parece que te atacan por todos lados las buenas y las malas sin saber a ciencia cierta cuál es cuál por tanto te notas a la deriva en medio de ires y venires que chocan rebotan rozan cambian y frenan tu fluir los mapas repletos de flechas son una trampa gamberra de algún destino misterioso que quiere reírse de ti y vas y picas volviéndote loco en esa fiesta de direcciones donde el único que no sabe nada eres tú solo en medio del mapa con aguas azules queriendo pararte encallado en una costa picuda de mentiras y poder sentir que hay un sitio que te pertenece aunque sea por el ratito que te pierdes en el papel.
Paciencia
MESMO quando tudo pede
Um pouco mais de calma
Até quando o corpo pede
Um pouco mais de alma
A vida não pára...
Enquanto o tempo
Acelera e pede pressa
Eu me recuso faço hora
Vou na valsa
A vida é tão rara...
Enquanto todo mundo
Espera a cura do mal
E a loucura finge
Que isso tudo é normal
Eu finjo ter paciência...
O mundo vai girando
Cada vez mais veloz
A gente espera do mundo
E o mundo espera de nós
Um pouco mais de paciência...
Será que é tempo
Que lhe falta prá perceber?
Será que temos esse tempo
Prá perder?
E quem quer saber?
A vida é tão rara
Tão rara...
Mesmo quando tudo pede
Um pouco mais de calma
Até quando o corpo pede
Um pouco mais de alma
Eu sei, a vida não pára
A vida não pára não...
Será que é tempo
Que lhe falta prá perceber?
Será que temos esse tempo
Prá perder?
E quem quer saber?
A vida é tão rara
Tão rara...
Mesmo quando tudo pede
Um pouco mais de calma
Até quando o corpo pede
Um pouco mais de alma
Eu sei, a vida não pára
A vida não pára não...
A vida não pára!...
A vida é tão rara!...
(Lenine, Acústico, 2006)
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Diría que se entiende medio bien, pero la traducción aquí
La vida es como el bingo, cuando nos ponemos numéricos. Porque las cifras, cuando van saliendo, dicen según qué momentos cosas muy distintas de la misma persona. De ahí que la pintada de una calle de por aquí resuma tajante: "no se tienen años, se tienen ganas", a lo que debajo uno escribió "canas". Sea lo que fuere, cuando te plantas delante de unos ojos que todavía tienen que ver pasar muchas cosas por delante acabas pensando en cómo veías tú, entonces, lo que hoy muchos pasan por alto. Que ir haciendo aspas en un cartón, con el paso de los días, no es simplemente una cuestión de azar, sino de fijarse en lo que nos está tocando jugar. Ganas. Lo dice la propia palabra, que es ya un triunfo en sí misma. El mejor premio que podemos recibir en esta lotería, es seguir jugando.
Diecisiete
TENÍA diecisiete, y me pasaba la vida
persiguiendo sueños con las ilusiones altas.
Intentaba dejar atrás mi miedo
de saber cuándo y dónde ir a partir de ahí.
Así que pregunté a alguien muy cercano a mí,
con el horizonte y miras más lejanas
y me dijo
-Amigo, los días se evaporan
pero me siento con diecisiete.
No dejes que las piedras del camino
cambien quién eres ahora.
Y que, cada año,
sigas teniendo diecisiete.
-Claro, tu corazón es fuerte,
tu futuro despejado y tu vida sin errores.
No pierdas eso de vista
a medida que el tiempo vaya llevándote...
Las palabras que se pegaron entonces
solo ahora parecen descubrirme lo que eran.
-Los años, los míos, van y vienen tan rápido...
que solo espero que vivas los tuyos
como viví los que me dieron:
joven de corazón y mente.
Ojalá siempre sean diecisiete los años que cumplas...
(Simon Webbe, Grace, 2006)
[traducción liberrísima donde las haya... disculpas]
Algún día, si todo sale mal, montaré una papelería. Para soñar los ojos entre folios de colores y recrearse con el tamaño y orden de los cuadernos, el aroma de las gomas de borrar, el sonido de los bolis clic-clac y el gusto de atender a los niños que con 15 céntimos quieren comprar una tarde entera de dibujos y manchas en los dedos. Algún día, de mi particular bosque de lapiceros, brotarán historias breves, escritas en el papel de las cuentas, y se las regalaré a la gente que venga a comprarme una revista y se la envuelva en un canutillo. Pasearé entre los troncos de grafito, al abrigo de su sombra de virutas que huelen a ingenio desgastado, y el paso del tiempo me dejará ver todo cuanto he ido plantando en tantos y tantos blocs en blanco. Ésa es la razón por la que sigo acumulando tazas y botes y latas y cofres y hasta fundas de gafas llenas de pinturillas, de bics secos, de lapiceros.
Canción triste de amigo
SI nuestro reino no fue de este mundo,
y sabemos de cierto que no hay otro,
dime lo que nos queda,
amigo,
dime lo que nos queda.
Ni siquiera deseos, ni siquiera esperanza;
un confuso montón de sueños negros,
eso es lo que nos queda,
amigo,
un confuso montón solo de sueños.
Cada vez más pequeño.
Ya cabe en un pañuelo, igual que el llanto.
Pero cómo nos pesa,
amigo,
pero cómo nos pesa.
En un día extraño, tus sentimientos van paralelos a lo que vives, y tratas de alargar la mano para cogerlos y que todo vaya en sintonía. Pero como quedan lejos, esos dos milímetros, solo puedes prestar atención a lo que sienten los demás, que te roza y toca y hunde la piel y acaba por doler. Así transcurren las horas, viendo cómo en la vía de enfrente tu mundo interior crece y avanza pero solo tienes ojos y oídos y cuerpo para soportar los empellones de tanto mirón que parece alegrarse con tu desajuste. En un día extraño, lo último que esperas es que todo o algo de lo que te remueve venga provocado por ti mismo, dada esa equidistancia burlona. No es de extrañar, entonces, que al terminar el día y morir los dos en el mismo andén o colchón, uno sienta que no siempre merece la pena salir de casa y ver mundo, encontrarse con otros.
La bella en misa
EN Sevilla está una ermita
cual dicen de San Simón
adonde todas las damas
iban a hacer oración;
allá va la mi señora,
sobre todas la mejor.
Saya lleva sobre saya,
mantillo de un tornasol,
en la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor,
en la su cara muy blanca
lleva un poco de color
y en los sus ojuelos garzos
lleva un poco de alcohol.
A la entrada de la ermita,
relumbrando como el sol,
el abad que dice la misa
no la puede decir, non;
monacillos que le ayudan
no aciertan responder, non:
por decir "amén, amén"
decían "amor, amor".
Hay convicciones que se le agarran a uno sin motivo. Dime un animal, y decía el pato. Ni idea por qué. Bonito, mono, gracioso. Eso y una cara de 'mira qué cosas preguntas' para tratar de convencer. Caminando entre la cotidianeidad, apartándola como hojas salvajes, se activan resortes, que hacen saltar y recuperar cosas para explicarlas mejor. He aprendido que los patos no son las aves que mejor nadan, ni vuelan, ni andan... pero tienen ese gran potencial dentro. Y basta con lo que son. No se le puede pedir a un pato que sea un cisne. Lo que pasa es que no nos gustan los híbridos y a veces pataleamos y metemos la cabeza bajo el agua. Todos tenemos algo de patos.
Sushi bar (poesía pura)
* La idea de los patos está tomada de Andrés Trapiello, Las nubes por dentro, Destino 1994.
La vida y sus colores, el paso del tiempo y el empeño sobre todo en atraparlo y disfrutarlo como nunca. Dejarse llevar, sonreír sin miedo e incluso ponerse a gritar... De algún lado me ha salido este espasmo de energía, este chispazo de ánimo y esta reminiscencia de Heráclito... Mira cómo pasa.
Azotado por el síndrome post-it, coleccionista irremediable de recados, momentos, saludos y futuribles, vuelco cada noche sobre el escritorio una montaña de pensamientos y deudas y tareas para el día siguiente. Me quito los zapatos, no sin notar antes el agujero que está por venirles y salgo a la terraza para ver cómo las farolas despiden un día que se puso tonto por encargo, y llevaba toda la semana esperando el turno para quitarle brillo a los geranios. Se me enfrían las plantas de los pies y a consecuencia me bulle la azotea. Fijo mi vista en el horizonte, en la línea esa tan precisa y a la vez difusa que junta dos mundos que en teoría están condenados a ir paralelos. Pienso que la grúa que refuerza la línea sería un buen lugar para sentarse a mirarlo un poco más de cerca.
Quiero sentirme prisionero en la terraza como los que en las almenas tenían que mirar por ventanitas enanas con gruesos muros llenos de moho y musgos, pero una racha de viento me escupe algunas gotas de lluvia del chopo de enfrente, y maldigo en voz alta.
Noto los dedos eléctricos, y también noto el aire a traición que pulula por el cuarto, si al final estos garabatos ven la luz.
Se va perdiendo, a la par que el tiempo, esa sensación de poder haber contado algo que encajaba con lo que el corazón tenía que contar. Que las oportunidades, como vienen, a veces se entretienen por el camino y no terminamos de verlas. Nunca se van, solo se cansan de que no las hagamos caso y se convierten en recuerdos de cartón piedra sobre los que no podemos ni apoyarnos para hacernos una foto.
Estoy tuerto porque el otro ojo ya no quiere cazar risas y paisajes mínimos en macro. Manco, porque apenas firmo el parte de asistencia y los turnos del comedor. Sordo, porque el pitido constante del teléfono ha reducido mi onda hasta solo identificar agudos cortos y ansiosos. Soso, porque cuando comes solo, apenas una fruta fuera de temporada tapa el agujero de las tripas, que de darse la vuelta sobre sí mismas, te merendarían.
En el altillo, la maleta está esperándome. Me asomo a la terraza para ver si la grúa sigue allí, y el horizonte también. Pienso que el viento le llevará a la gente noticia de lo maravillosas que son las vistas, de la música que saldría brava de mis respiraciones recuperadas. Que estaré bien. Pienso, y sueño, y mido. El futuro está solo a dos dedos de aquí. Una L de pulgar e índice. Una L de libertad que pasa por vencer los fantasmas que ahora mismo, como si esto fuera su grúa, disfrutan del espectáculo que les ofrezco.