Los tres mosqueteros blanden sus cachavas con fuerza, apoyadas en el suelo y que levantan para saludar a los jóvenes que van saliendo de la Facultad. Se cobran en sonrisas que les devuelven vida el falso peaje al que parece que les está condenando el tiempo. Así una tarde tras otra, bajo la sombra de la experiencia de un almendro en flor, van aprendiendo batallas que luego, a los que meriendan con ellos, narran con toda su alma en una voz que no les tiembla como el pulso: un señor que sujeta las flores que recoge su esposa por entre los bordillos; un niño con gafas de sol grandes que se tropieza con todo, una chica que baja del autobús corriendo a por su beso que la esperaba escuchando música, un policía que les saluda diciendo que luego vendrá para llevarles a casa, sí, papá. Nunca hubo contienda mejor librada y a la que se haga generalmente menos justicia que ésta, la de quienes ven en la vida todo aquello que de bueno les ha ido ofreciendo, valorando incluso lo mucho que pudo haberles llegado a pesar.
Fuera del tiempo
BAJO el globo caen los copos.
Ante los ojos de mi memoria,
sobre la mesa de la señorita, mi maestra
hasta la clase de los mayores del señor Servant,
se materializa
la pequeña bola de cristal.
Cuando nos habíamos portado bien, se nos permitía
darle la vuelta y sostenerla en la palma de la
mano
hasta que cayera el último copo al pie de la torre Eiffel cromada.
Aún no había cumplido siete años
y ya sabía que la lenta melopea de las
pequeñas
partículas
algodonosas
prefigura lo que siente el corazón durante una gran alegría.
La duración se ralentiza
y se dilata,
el ballet se eterniza en la ausencia de obstáculos,
y cuando se posa el último
copo,
sabemos que hemos vivido ese instante fuera del tiempo
que es la marca de las grandes iluminaciones.
A menudo,
de niña,
me preguntaba si estaría a mi alcance vivir
instantes semejantes
y hallarme en el corazón del lento y majestuoso
ballet de copos,
liberada por fín del tedioso frenesí del tiempo.
(Muriel Barbery, La elegancia del erizo -adaptación-, Seix Barral 2007)
Sales a la calle sonriendo, primero por dentro y luego para que te lo note todo el mundo. Avanzas pisando seguro, sabiéndote invencible con tu arma secreta. Especial. Una persona capaz de desafiar al mundo que le rodea desde los pequeños detalles. Como cuando te permites la burla de escribir con los dedos en la capa de polvo finísima que recubre todas las cosas. Que vas por los pasillos y te dan ganas de soltárselo a todo el mundo, para darles envidia, para sentirte más fuerte que aquellos que te miran queriendo dominarte. Y te callas, porque el disfrute en silencio es mejor que todo eso. Llevar bajo la ropa aburrida esos calcetines de rayas de colores chillones te da media vida en un lunes.
Celeste, abrazo blanco
UN abrazo blanco.
Sudor contra sus poros.
Esencia de su esencia.
Abrazo blanco, pureza de madre.
Besos regalados en noches ingenuas.
Reproches para aprendices.
Requiebros para sortear las olas.
Palmo a palmo y crecías.
Paso a paso y te alejabas.
Tu llamada, cerca y lejos.
Otro son, y tu interior celeste.
Y los años pasaron.
De encontrar y encontrarse.
Años hasta ayer buscados.
Años hoy tendido, entregado.
En presencia de todos, tu todo.
En el compartir simétrico.
¡Y qué algarabía!
Era fiesta pura,
la del abrazo blanco,
la de las manos paternas,
la de las almas en júbilo,
la de sudor y poros.
¡Mañana! El día encantado.
Hora de darte y sentirte recibido.
Hora de plática abierta, sencilla.
La del celeste por tu azul conseguido.
Y ya es hoy. Los niños,
tu llamada que adquiere vida.
¡Vuelve a tu grito!
Al abrazo blanco,
al latido que te habla...
No te cierres en banda.
Tú lo proclamas...
"Quiero ser feliz".
Veintiocho globos. Risas y estallidos que terminan con la cama llena de goma y colorines. El cariño que llega desde la distancia en forma de letras abreviadas y gritos de entusiasmo con un fondo de coches y silbidos de semáforos. Una siesta, por fin, tras tanto tiempo en casa. Casa. Es quizá la palabra más extraña de mi abecedario común, porque tiene puertas abiertas y cerradas; un vaivén de gente y recuerdos, de marcas en la pared que en días como hoy se miran para ver cuánto se ha crecido. Todo vuelve a empezar, siempre. Las vueltas a veces no son tan uniformes, pero ese pasar de nuevo por la casilla de salida, o por la casa, le deja a uno la sensación de que recupera cada parte del cuerpo que se ha ido alejando de uno mismo conforme avanzaba el año.
Regreso a Ítaca
REGRESAS a la única Ítaca
que has conocido:
la brumosa
la del mapa borroso de tu pecho
(aliento de una brisa cálida en tu mente
rumor de una bienaventuranza
insensata
en tus sueños).
Es
como bien te lo contabas
de partida
un izar velas circular
una isla perfumada
que te muestra muros
que no palpas.
Regresas
sin haber partido
sin tu cíclope y tus sirenas.
regresas
animoso, derrotado
sin conocer la ruta de tu vuelta
y el oscuro sendero de tu ida.
(Juan R. González-Mendoza, Manhattan interlude, 1981 -cogido de Desde el límite)
Hay convicciones que se le agarran a uno sin motivo. Dime un animal, y decía el pato. Ni idea por qué. Bonito, mono, gracioso. Eso y una cara de 'mira qué cosas preguntas' para tratar de convencer. Caminando entre la cotidianeidad, apartándola como hojas salvajes, se activan resortes, que hacen saltar y recuperar cosas para explicarlas mejor. He aprendido que los patos no son las aves que mejor nadan, ni vuelan, ni andan... pero tienen ese gran potencial dentro. Y basta con lo que son. No se le puede pedir a un pato que sea un cisne. Lo que pasa es que no nos gustan los híbridos y a veces pataleamos y metemos la cabeza bajo el agua. Todos tenemos algo de patos.
Sushi bar (poesía pura)
* La idea de los patos está tomada de Andrés Trapiello, Las nubes por dentro, Destino 1994.
Hay un punto del día donde el sol juega a deslumbrar y esconderse entre los edificios, al atardecer. Se asoma, y en tu ceguera temporal solo puedes vivir con tus oídos. Llegan sonidos lejanos, de aquí mismo pero que se están volviendo caducos. No sabes hasta qué punto el soniquete es fruto de la memoria o de un balcón que se merienda el crepúsculo según llega. Una mecedora y unos niños. El calorcito en la cara y la caricia fría del viento. Un trompetista iniciándose y una risa al terminar. Merece la pena abrir la trampilla y subir a ver qué está pasando con tanto recuerdo alborotado por una simple puesta de sol.
Haikus de jazz
DIEZ dedos roncos
sorprenden el teclado.
El humo atiende.
Soplo cansado,
estrías en la voz.
Alma inmortal.
Suena más cierta
la trompeta marchita
en la ginebra.
Usgo y gozo
de cuatro austeras cuerdas
brotando unísonos.
Siempre que llega la hora, ésa que le falta una porción para ser completa, asoma por el quicio de la puerta para ver si está todo preparado. Un leve murmullo, a veces, y un falso ajetreo, habitualmente preceden un silencio inabarcable para cualquier compendio de definiciones. Es una postal de ida y vuelta, de doble visión, pero sobre todo, de corriente alterna. Como los papelillos que se caen cuando el boli ya no les atrae; o el flequillo no se subleva ante el peine que antes pasó por un jersey de lana. Se va por el pasillo queriéndoles un poco más, mientras quedan otra hora en aquellas celdas de sabiduría, donde sobre todo hay mucha necesidad de amor.
No quiso el mar, mirarme a los ojos...
NO quiso el mar, mirarme a los ojos
no quiso el arrullo acunarme en sus brazos
ni su espuma, acariciar mi cara.
Tan solo tú, latido de mi corazón
sonrisa de mi rostro, jinete de mi locura
quisiste un día posar tus labios
en este alma de tormento
para dar alas a ese oscuro vacío,
a esa nada temblorosa
que era una vida ajena a la tuya.
(Cecilio Gil Inés, Murmullos del pasado, Emboscall 2006)
Últimamente estoy un poco transgresor con mi concepto de poesía, pero es que esto me ha parecido de una belleza abrumadora. Remontando el lunes, a golpe de abrazo. Uno para ti, que lo lees.
Tener la voz tomada por el madrugón es signo de debilidad cuando hablas frente a una audiencia. Ésos y otros signos de flaqueza nos hacen sentir frágiles aunque pensemos que hoy vamos a comernos el mundo. Un botón que se puede caer. Esas gafas torcidas. Calcetines desparejos. Mas siendo como es la vida imperfecta, hemos de saber sentirnos agusto con esas cosillas...
No
UN no a todo lo que no sea limpio.
Un no a lo agradable que vulnera por dentro.
Un no a lo amargo, a la hiel.
El no a lo perfecto, que queda lejos.
El no a quienes hablan y hablan
y solo emiten y están llenos de palabras.
No a quien dejó de ser niño.
No a la mentira.
No a quien apenas siente.
No a quienes dicen no porque
jamás creyeron en la entrega.
No a quien corta una flor
y hasta la marchita mirándola.
No a quien observa, pero no ve.
No que choca contra la pared
y se mete en las rendijas.
No de pensamientos y conciencias.
No que quiere ser profundo
y sumir en simas
lo banal y superfluo.
No que se repite con frecuencia;
que es vocablo fácil, ligero, pluma.
Cuántos no para una vida.
No, que es vocablo único, fácil.
No, que ze dice demasiadas veces
como si horas y tiempos expiraran.
(José Emilio Pelayo, Juntapalabras, Cantabria en imagen 2006)