Curiosamente, se entraba por la pantalla. Por debajo. Y como llegué tarde tuve a no sé qué actor tatuado sobre mí unos segundos. Otro día volví, desde el principio, y gusté de ver ese silencio de la espera inicial. Tan sentadito en la primera fila, como los demás solitarios que estábamos allí. Por eso las historias que se contaban entre sus paredes eran sencillas, acogedoras, intimistas... Solo lo auténtico y sin estridencias cabía allí. Al salir, te apetecía haberte quedado toda la vida dentro, con ese tiempo parado, ese hueco que hacías para asomarte a otros mundos. La echo de menos, a ella y sus películas. Vi una, Nueve vidas, que me la recordó, por toda la humanidad que se respiraba en el metraje y en las butacas...
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*de mi mundo.
Fílmica
EL silencio es un lenguaje
que necesita del movimiento para hablar.
La penumbra es una estancia
repleta de manos sorprendidas por la bombilla.
Puntualmente se juntan
pariendo retinas o escrutadoras o evasivas.
Deambular en procesión descalzo
por un huerto de maíz
es casi comparable a la novedad de una moqueta
o de qué rostro nos aguarda tras la celosía
que adintela un pasaporte que vence
justo cuando alcanzas el puerto.
La creatividad es un surto sin maroma,
un viaje en busca de nuevas escalas
perpetrado a escondidas
por miedo a que nos vean felices
con un pañuelo en la mano
o una carcajada columpiándose en la sala.
(Poedía, Ágrafos, 2003)

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