Cuando faltas a una cita, buscas apropiarte de un momento que la identifique para luego recordarte que en cierto modo, fue tuya por un breve lapso de tiempo. Un momento mínimo, chusco y carente de sentido para todos los demás, pero que para ti es el culmen de aquello que sería una apoteosis si pudieras asistir.
Eso fue.
15 segundos de una puerta abierta, y escapando, como una mala corriente, las voces del Orfeón Donostiarra con los cantos del Vita Nostra de Morricone.
El rock de la chica eléctrica
MÍRALA bien:
los dedos de cristal
moviendo los cabellos,
sus hilos de energía.
Observa esos botones
verdes en el panel de su semblante,
mira su agazapado
contoneo de maniquí con alma:
secreto es el temblor
tras sus pequeños pechos de linterna.
Ahora se aproxima, oh sí, despacio,
desfila con su aire de nodriza,
nos mira de reojo; le resbala
una lágrima tibia de mercurio.
Mírala bien, oh sí, vamos con ella:
la pobre chica eléctrica.
(Andrés Neuman, El tobogán, Hiperión 2003)

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