Suena snob, lo sé. Pero es como todo un mundo encerrado en un sonido de un solo golpe. Y me recuerda a caer. Y a cereales. Y a una mañana cualquiera. Después, a una mañana en mi casa estando en la cama. Escuchando un silencio amortiguado roto por unas botas de goma. Y al levantar la persiana y cegarme un exceso de luz invernal, ver la carita de mi vecino sonreír por la nevada que tapa nuestra calle. Copo de nieve. Esnoufleik. Frío, pero calor por dentro. Y tan bonito salir y mirar hacia arriba para verlos caer...

El tobogán


Ya comienzo a notar
una aceleración ajena de los años.
No digo que presienta la vejez
-aunque la veo-
ni inventaré tampoco precoces experiencias.
Es algo diferente:
un vislumbre borroso, una antesala
del tobogán, más breve
siempre de lo que el niño desearía
y más veloz de lo que el hombre espera.


Pues bien, si ya he dejado bien atrás a aquel niño
-tal vez lo cargue a hombros-
hoy tengo frente a mí al hombre que seré.
Soy, como dicen, joven, y no obstante
ya comienzo a notar esta aceleración
extraña, que no es mía, que es del tiempo
y planea arrastrarme sin consultar conmigo,
hasta un parque de arena y hierba seca
donde, obligado a ser el niño que he dejado,
subo la escalerilla de un tobogán naranja
para ir al encuentro del hombre que me espera,
familiar, con los brazos abiertos.


(Andrés Neuman, El tobogán, Hiperión 2002)