Pensé que me había dejado la voz en el borde del edredón. O clavada con un tacazo en el despertador. Así que volví al cuarto a mirar. Nada, me la habían robado. De noche. Y huérfano de sonido tuve una ducha triste y mis manos se convencieron de lo mucho que tendrían que trabajar un domingo. Tengo diez lenguas por dedos y una noche para pillar al ogro sin compasión que ha dado un día de descanso a toda mi gente. Solo perdí una batalla...

Pintura


A mi trabajo entrego corazón y alma.
Pero hoy la languidez de la composición me desanima.
El día influye en mí. Su forma se oscurece
cada vez más. Arrecia el viento y llueve.
Prefiero contemplar antes que escribir.
Ahora, en esta pintura miro
a un hermoso muchacho tendido junto a un arroyo,
fatigado, supongo que de correr.
Qué hermosa criatura; qué divino mediodía
lo ha sorprendido sosegándolo en el sueño.
Me siento y largo rato lo contemplo.
Y en el arte descanso de su esfuerzo.


(Konstantino Kavafis, Poesías completas, Hiperión 1997)