Alguna librería de viejo seguro que lo esconde entre los tomazos de Dostoievski o alguna comedieta de Mihura. Le pasará un paño un señor con las gafas de pasta sujetas por una cadena dorada, y una nube de polvo iniciará ese recorrido por los mejores recuerdos. O por los sitios que son capaces de provocarlos. Luego en casa, el libro sobre la mesilla se irá llenando de notas y páginas dobladas, esperando el día en que pueda ponerse, por ejemplo, en la barra del Roslyn Café -con un golpe seco- como señal y prueba de que gracias a él pudimos llegar a Cicely. Por ejemplo.

Çatalhöyük


HACE nueve mil años, en el poblado de Çatalhöyük, las casas no
tenían ni puertas ni ventanas, y entre las casas no existían
calles. La gente iba de un lado a otro a través de los tejados,
y entraban y salían por el techo, por el mismo agujero que
dejaba escapar el humo y el hollín de la cocina.


Cada casa albergaba bajo el suelo un linaje de muertos. A veces,
en verano, el hedor alcanzaba los pisos altos, pero hombres
y mujeres saludaban aquella podredumbre con humilde res-
peto. Eran sus muertos, no debían


abandonarlos. Por lo demás, sabemos poca cosa de su vida.
Disponían de útiles líticos finamente pulidos, y habían
domesticado cereales y ovejas. Cazaban cerdos y caballos
salvajes y sabían servirse de las plantas silvestres. Ignoramos


en qué creían, pero se han encontrado grandes toros pintados en
los muros y corpulentas diosas de piedra entronizadas,
supuestamente restos de un viejo culto a la fertilidad.


Los arqueólogos andan despistados. ¿Reinaba un patriarcado o
un matriarcado en aquella sociedad de ocho mil almas?
Análisis de restos de hollín en las costillas indican que hom-
bres y mujeres permanecían el mismo tiempo dentro de sus
casas,


y un estudio exhaustivo de los dientes revela que sus dietas no
diferían mucho.


Eso es lo que la ciencia puede decir. Y yo sospecho:


Entre aquellas paredes, encima de los muertos, los ojos
eran negros y brillantes como esquirlas de obsidiana, las manos se
habían vuelto sabias sobre la húmeda arcilla de las vasijas
hechas para guardar semillas,


en las noches de calor, muchos salían a dormir al tejado, deján-
dose mecer del dulce espanto que causan desde siempre la
oscuridad y las estrellas,


mujeres y hombres con los mismos ojos, las mismas manos, el
mismo placer al hundirlas en la harina, la misma espera
ansiosa de la lluvia en la estación propicia,


el mismo compasivo respeto por los muertos


las mismas preguntas silenciosas cada noche mirando el espacio
estrellado


y el mismo terror.


(Ana Isabel Cornejo, Atlas, Hiperión 2005)