Tengo el pulgar y el índice negros. El corazón, de piedra. Un poco. Pero me calzo ahora las botas para ir dándole forma, en este caminito. Una niña metió el dedo en el platillo, a ver si quemaba. Y no quemaba. Otro niño vomitó, nervioso. Muchas risas y el orgullo (quién me iba a decir) de una mancha en la frente. Y al final del día, a ras de suelo, los zapatos pisaban una arenilla molesta, de lo que hemos dejado atrás. El día está morado, y los días que vienen también. Vamos desterrando poco a poco, muy despacio, el fantasma de la edad media en estas cosas post carnavalescas...

El temblor


LA lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz, bajar,
lamer el eje vertical,


contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.


Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lengua
hundida en mis salivas.


Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua me recorre
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
oscura de la lluvia.


La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti
y canta germinal en tu garganta.


(José Ángel Valente, El fulgor. Antología poética, Galaxia Gutenberg 1998)