Es que ya la propia palabra suena áspera, como el trago del que se los tiene que comer. Porque encima no hay defensa y son certeros, desgarradores. A mí me vienen como una erupción volcánica, que remueve la paz que se extiende sobre la rutina como una capa de caramelo quemado. Crac. Demasiado movimiento para tan poca cosa. No sé, al estilo de cortar un folio con una cortacésped. Sin piedad. Y que siendo tan verdaderos y sólidos, me dejan deshinchado y triste. No se merecen marchar con las orejas gachas ni yo con el ánimo desanimado. Guardar para escupir y lamentar la rabia puesta en la osadía. Ay.



El sueño de Nabucodonosor


ANTES de ir a cazar lechuzas y murciélagos,
Nabucodonosor tuvo un sueño más negro
que el de una ama de casa que piensa que su crema
provocó una naumaquia de ratas y ratones.
Asustado, mandó traer al joven Daniel,
el "Buen Rey de los Gatos", que pronto le arrancó
el destello a sus ojos, y le dijo: "Tu cetro
no vale un pijo: tienes como cojín felpudos."
Un sueño horripilante, un tanto parecido
ha perseguido ha poco a un valiente gentío,
compuesto de palurdos y buhoneros; nos dicen
que algún Daniel cualquiera, por borracho que sea,
hace palidecer los labios mentirosos
diciendo: "Sois vosotros esa cabeza de Oro."


(John Keats, Odas y sonetos, Hiperión 1995)