No hay mejor souvenir que el que no ocupa espacio en la maleta. Tengo la puerta del altillo rota, y los tornillos sueltos con pinchar mi pereza para empezar a rehabitar mi vida. Abrí por eso la ventana, que entrara el aire nuevo, y solo marchó la sombra que había ido oscureciéndose hasta el parón. No es poco. Ahora, sentado y mareado por tener que volver a ocupar los frentes de batalla, encuentro notas junto al teléfono, rastros de rotulador en la pizarra y un calcetín enamorado de una pelusa. Pero vuelvo sin peso, ligero. Libre. Con agujetas.



Otra vez el tren


Otra vez el tren, el amor entre el vagón 1 y 2 de la clase preferente.
La cocacola que sabe menos fresca por la cara arisca del camarero.
Otra vez ver caer el día mientras escapo
del tiempo hacia adelante.


Voces, gritos, ruidos, movimientos que me despiden
de un sitio al que nunca terminé de llegar, aun queriendo.
Como el tren, siempre moviéndome, siempre removiéndome por dentro.
Dejando
papelillos en las esquinas,
garabatos en las ventanas;
el baño sucio.


Arañando, en el fondo, la realidad de que yo también
pasé por aquí.
Y vi lo mismo que aquella chica vio mientras sonreía
o el sol le cegaba en la cara, no sé.
Que espié aquella conversación sobre cine en la cafetería
al chico de las gafas y la chica del jersey rojo.
Que mi tren hacía paradas en algunas estaciones y me asomaba
a saludar
a la gente que esperaba en el andén, que necesitaba la salvación
de tener una cara a la que mirar a lo lejos
y agitar la mano llena de esperanzas.


Ahora que el tiempo ya no pasa por aquí
la luz de la ventanilla se hace intermitente,
el baño está ocupado,
el asiento no se reclina.
Parece que vamos llegando, o muriendo,
porque hace algo de frío.


Me bajaré y la ciudad se esconderá de mí hasta mañana.
Yo ni verla.
Con todo, sigue el amor entre los vagones de preferente.
Y sigue el traquetreo.


(Poedía, Novedades, 2007)