De vuelta, en el coche, cegado por el sol que asomaba cabreado tras la tormenta, pensaba durante el intervalo de la raya discontinua algún ejemplo para ilustrarme. Ése fue. Mejor, ésa. Bruta y despiadada, pero a la vez dejando un tacto a nuevo, a taula rasa. Imparable y solitaria, sin ganas de que algún resto se le quede pegado. Mi apisonadora, amarilla, me persigue haciendo un ruido espantoso que no me deja oír cómo se me frunce el ceño. Y durante las rayas continuas pensaba si la conducía yo, o era el tonto que gritaba por favor paren esto. En ninguna de las dos situaciones veía lo que quedaba detrás. Así que no me gustaba. Y parecía bonito.



Las nubes


INÚTILMENTE interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas, detrás de las nubes,
huellas que se llevó el viento.


Buscas las manos calientes,
los rostros de los que fueron,
el círculo donde yerran
tocando sus instrumentos.


Nubes que eran ritmo, canto
sin final y sin comienzo,
campanas de espumas pálidas
volteando su secreto,


palmas de mármol, criaturas
girando al compás del tiempo,
imitándole a la vida
su perpetuo movimiento.


Inútilmente interrogas
desde tus párpados ciegos,
¿Qué haces mirando a las nubes,
José Hierro? (póngase el nombre que corresponda y vuelva a leerse)


(José Hierro, Cuanto sé de mí, 1957)