Que la alegría está en el campo, vaya. Se cruzó la película de tal nombre por mi lóbulo frontal (por decir uno) el otro día. Unas ocas, Carmen Maura y un señor patriarcando una familia de la que no sabía. Pesca que te repesca recuerdos, de buen rollo, de ganas de cambio, de sorpresas que llegan para darte un vuelco, despeinarte y seguir p'alante sin tenerlo del todo claro, que hasta el viento puede dejar regusto amargo. Me gusta el título-frase, como de mantel de picnic de cuadros verdes, una tarde con tortilla en el tupper y paz por un rato. Me asomo y veo el césped y me pierdo en estas cosas. Sonriendo, claro. A ver qué remedio.



Cuenta las almendras


CUENTA las almendras,
cuenta lo que era amargo y te mantuvo en vela,
cuéntame con ellas:


Yo busqué tu ojo cuando lo abriste y nadie te miraba,
hilé aquel hilo secreto
por el que el rocío que pensaste
resbaló hasta los cántaros
que protege un proverbio que de nadie encontró el corazón.


Sólo allí entraste enteramente en ese nombre que es el tuyo,
avanzaste con pie firme hasta ti,
libres batieron los mazos en la cabeza de campana de tu silencio,
llegó a tu encuentro lo bien oído,
también lo muerto ciñó con su brazo,
y los tres os fuisteis a través de la tarde.


Hazme amargo.
Cuéntame con las almendras.


(Paul Celan, Obras completas, Trotta 2002)