Seguro que a esa sala todos llegaríamos con un jersey en la mano, porque la corriente, dicen las madres, -es muy mala, y no es temporada para que te agarres un catarro, hijo. A veces juego a atrapar el aire que me deja una persona cuando pasa o me la cruzo. Si se notan sus prisas, o el aroma del amor que va a encontrarse. Si en cambio, apenas mueve aire porque lo que se desplaza es el mundo a su alrededor y simplemente gesticula. Por eso, ante un cuarto plagado de puertas qué menos que hacerse preguntas por las ausencias. Tratando de traducir qué aire es el de aquella persona que nos invita a seguirla, y no el de la que escapó sin cuidado hacia adelante...



Mi vida escrita por otro


HICE lo que pude, pero igual me abandonaste.
Dejé para tentarte un tazón de leche sobre el escritorio.
Nada ocurrió. Dejé mi cartera llena de dinero.
Debiste odiarme por eso. Nunca viniste.


Me planté frente a la desnuda máquina de escribir
esperando que me tumbaras al suelo. Para excitarte
jugué conmigo mismo. Me dormí de puro aburrimiento.
Te ofrecía a mi mujer.
La senté sobre el escritorio y abrí sus piernas. Y esperé.


Los días se prolongan. Como una venda cae sobre mis ojos
la cansada luz. ¿Es que soy feo? ¿Jamás estuvo alguien
tan triste? No tiene sentido cortarme las muñecas.
Mis manos
podrían caerse. ¿Qué esperanza puedo yo tener?
¿Por qué nunca vienes? ¿Debo ser otro
para que estés conmigo? ¿Ser otro para escribir Mi vida?
¿Ser otro para escribir Mi muerte? ¿Me escuchas?
Ese otro ha llegado. Ese otro está escribiendo.


(Mark Strand, Solo una canción, Pre-Textos 2004)