Azotado por el síndrome post-it, coleccionista irremediable de recados, momentos, saludos y futuribles, vuelco cada noche sobre el escritorio una montaña de pensamientos y deudas y tareas para el día siguiente. Me quito los zapatos, no sin notar antes el agujero que está por venirles y salgo a la terraza para ver cómo las farolas despiden un día que se puso tonto por encargo, y llevaba toda la semana esperando el turno para quitarle brillo a los geranios. Se me enfrían las plantas de los pies y a consecuencia me bulle la azotea. Fijo mi vista en el horizonte, en la línea esa tan precisa y a la vez difusa que junta dos mundos que en teoría están condenados a ir paralelos. Pienso que la grúa que refuerza la línea sería un buen lugar para sentarse a mirarlo un poco más de cerca.


Quiero sentirme prisionero en la terraza como los que en las almenas tenían que mirar por ventanitas enanas con gruesos muros llenos de moho y musgos, pero una racha de viento me escupe algunas gotas de lluvia del chopo de enfrente, y maldigo en voz alta.


Noto los dedos eléctricos, y también noto el aire a traición que pulula por el cuarto, si al final estos garabatos ven la luz.


Se va perdiendo, a la par que el tiempo, esa sensación de poder haber contado algo que encajaba con lo que el corazón tenía que contar. Que las oportunidades, como vienen, a veces se entretienen por el camino y no terminamos de verlas. Nunca se van, solo se cansan de que no las hagamos caso y se convierten en recuerdos de cartón piedra sobre los que no podemos ni apoyarnos para hacernos una foto.


Estoy tuerto porque el otro ojo ya no quiere cazar risas y paisajes mínimos en macro. Manco, porque apenas firmo el parte de asistencia y los turnos del comedor. Sordo, porque el pitido constante del teléfono ha reducido mi onda hasta solo identificar agudos cortos y ansiosos. Soso, porque cuando comes solo, apenas una fruta fuera de temporada tapa el agujero de las tripas, que de darse la vuelta sobre sí mismas, te merendarían.


En el altillo, la maleta está esperándome. Me asomo a la terraza para ver si la grúa sigue allí, y el horizonte también. Pienso que el viento le llevará a la gente noticia de lo maravillosas que son las vistas, de la música que saldría brava de mis respiraciones recuperadas. Que estaré bien. Pienso, y sueño, y mido. El futuro está solo a dos dedos de aquí. Una L de pulgar e índice. Una L de libertad que pasa por vencer los fantasmas que ahora mismo, como si esto fuera su grúa, disfrutan del espectáculo que les ofrezco.


Y todo lo que puedo hacer es seguir respirando.




Keep breathing


THE storm is coming but I don't mind.
People are dying, I close my blinds.


All that i know is I'm breathing now.


I want to change the world...instead I sleep.
I want to believe in more than you and me.


But all that I know is I'm breathing.
All i can do is keep breathing.
All we can do is keep breathing now.


All that I know is I'm breathing.
All I can do is keep breathing.
All we can do is keep breathing now.


All we can do is keep breathing
All we can do is keep breathing
All we can do is keep breathing
All we can do is keep breathing.
All we can do is keep breathing now.


(Ingrid Michaelson, Girls and boys, 2007)