Salta el eco desde las baldas vacías y se queda esperando entre las cajas de cartón, al igual que las paredes, llenas de interrogantes. Apenas se oye el saludo del tren nocturno, que trata de entibiar un aire que se reafirma fresco, pese a ser un sitio tan pequeño. Desde la habitación sigue viendo el mar (en una foto), ya no se oyen los niños (ahora escucha el andar de dos tortugas) y ya no siente los hombros cargados de esa presencia que no llegó a ver. Está de regreso, de reencuentro, de resaca. Es tiempo de esperar a que crezca el pelo, de graduarse la vista y de llenar la mochila de libros, tanto tiempo después. Todo eso halló doblado en un papel debajo de la almohada y lo escribió para recordarlo en su primera noche.
Sobre el derecho a decir ciertas cosas (adaptación)
DURANTE toda mi vida, he tenido la impresión de que podía
convertirme en una persona distinta. De que yéndome a otro lugar
y empezando una nueva vida, iba a convertirme en otro hombre.
He repetido una vez tras otra la misma operación.
Para mí representaba, en un sentido, madurar y, en otro sentido,
reinventarme a mí mismo.
De algún modo, convirtiéndome en otra persona quería librarme
de algo implícito en el yo que había sido hasta entonces.
Lo buscaba de verdad,
seriamente,
y creía que, si me esforzaba, podría conseguirlo algún día.
Pero, al final, eso no me conducía a ninguna parte.
Por más lejos que fuera, seguía siendo yo.
Por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas.
Por más que el decorado cambiase,
por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto,
yo seguía siendo el mismo ser incompleto.
Dentro de mí se hallaban las mismas carencias fatales,
y esas carencias me producían un hambre y una sed violentas.
Ese hambre y esa sed
me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora.
En cierto sentido, esas carencias, en sí mismas,
son lo que yo soy.
Pero sé una cosa. Ahora, por mí, quiero convertirme en un nuevo ser.
Tal vez lo logre.
Aunque no sea fácil, tal vez, esforzándome, consiga un nuevo yo.
A decir verdad, si volviera a ocurrir lo mismo,
tal vez actuara igual.
No puedo prometerte nada.
A eso me refiero cuando hablo de tener derecho.
No consigo estar seguro de poder vencer esa fuerza.
(Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Tusquets 2003)

Amigo mio, un placer verte por estos lados otra vez. Me he quedado sin palabras, porque el fragmento me recuerda a mi mismo sin dejar nada a un lado.
Un abrazo
Bellisimo, de verdad y ciertísimo también.
Creo que ese corto fragmento nos identifica a más de uno y de una.
Es jodido eso de buscarse o de querer autocrearse a partir de cero. Sin darnos cuenta, le damos la razón al interaccionismo simbólico, y luego queremos huír de los otros para ser nosotros mismos (ufff, qué lío me acabo de hacer!!! jajaja).
Un besito
comienza el curso, incluso para los que ya no estamos en edad escolar....
bicos
PD: ayer juraría que vi otro post tuyo a horas imposibles...¿tendré visiones?
:P
jajaja, desco, estás a todas, y yo pensando que era el único despierto... Lo posteé pero creo que lo he borrado, no lo veo por ningún sitio... :S No eran horas para tocar botones comprometedores... Besotes.
eyy, si no lo encuentras.. te lo paso desde el google reader... que ahí aún está...
¿¿quieres??
Oh, sí, por favor... Era lo del Blog Day, pero sí, que no sé qué duendecillo me lo ha robado... ;)
Murakami, como me gusta!. Poedia, tú también. Desco, unas clasecitas de tecnología...
Besotes y bienvenido!!
La virtud o la suerte de mutar, de cambiar, de mudar la piel para, sin dejar de ser uno,.. poder ser otro...
He leido recientemente una referencia a Modesto Lafuente, un conocido liberal español que escribió nada menos que treinta volúmenes de la Historia de España, la obra más imponente de historia escrita por español alguno. Me llama la atención su mutación biográfica. Hijo de un médico rural de Palencia, ingresó muy joven en el seminario, fue cura, a los treinta años abandonó el sacerdocio para dedicarse a la esccritura y a la política en Madrid, se casó, se convirtió en un próspero y famoso escritor de artículos en la prensa madrileña y consiguió con éxito un escaño en las Cortes, donde defendió el constitucionalismo y el valor de la libertad. Todo un legado para los españoles que pudieron superar la historia escrita por el padre Mariana, dos siglos antes.
¿Qué habria imaginado a sus veinte años sobre su devenir?