Una noche calurosa, para ser diciembre, abrigada por las primeras luces navideñas, fue el punto de partida de una historia más de las muchas que esconden las grandes ciudades. Con un cielo estrellado. Con gente guapa y sitios agradables. Una historia que al rascar un poco dejaba ver soledades y penas, infelicidad y miedos, que se sacaban cautos y balbucidos para que no fueran tales. Una mano que firmemente agarraba a alguien que caía sin remedio, y terminó llorando de felicidad. Una historia que enseña que en la vida hay que besar muchos sapos para acabar dando con el príncipe. O al menos para quitarse el mal gusto de la boca y poder sonreír satisfecho. Eso es lo que pude ver, aquel día de lloros, promesas y reencuentros. Tres rosas por tres ausencias, y revisitar las viejas fotos y encontrarte con que casi habías olvidado la cara de los que ya no están. Nunca dejes de besar sapos... por si acaso.



Y permanece


SERÍA la una de la madrugada,
o la una y media.
En un rincón de la taberna;
tras la celosía.
Los dos solos en el local vacío.
Una lámpara de petróleo vagamente nos iluminaba.
Dormía el sirviente a la puerta de la fatiga de la vigilia.


Nadie podía vernos. Aunque ahora
la pasión era tan intensa
que la prudencia desbordaba.


Entreabrimos nuestras ropas -ya muy escasas
en el ardor de un divino mes de julio.


Júbilo de la belleza gozada en la levedad
de unas ropas entreabiertas;
desnudez radiante de la carne -cuya imagen ha atravesado
veintiséis años; y ahora vuelve
y permanece en el poema.


(Constantino Kavafis, Poesías Completas, Hiperión 1997)