No hay peor tiempo que el que se ve arrinconado entre dos grandes momentos. Es un túnel necesario pero desabrido, incómodo, que nos hace agachar la cabeza para pasar por él tragando polvo constantemente. Mirando al suelo, mientras vamos a gatas, solemos encontrarnos con el rastro de otros castigos que cumplimos tiempo atrás, en esas mismas fechas. Algo arrastrados, por el cansancio, y el tedio de tener que tirar palante, nos alegramos de haber hallado entre la mugre y las telarañas lo que queda de un beso y las risas apagadas de una conversación que nos provocó un afecto sorprendido. Como cuando encontrabas un cromo valioso, sin esperarlo. Y sales del túnel, del entretiempo, poseedor de algo único por lo que ha valido la pena mancharse las rodillas mientras tanto.



Hay unos sauces quietos


HAY unos sauces quietos
como yo,
desde hace horas.


Pero las hojas de un olmo
-como por un hilo
unidas al olmo
y, sin embargo,
toda la luz del olmo.
se conmueven y brillan
en cuanto sopla el aire.


Sin tocar con sus hojas
ni molestar a nadie,
un único olmo se estremece y baila
por el hombre y los sauces,
quitos desde hace horas.


(Héctor Viel Temperley, Obra Completa, Ed. del Dock 2004)