El dispensador de sillas
31 ene 08Hay un hueco en el pasillo, al fondo, como una hornacina, que acoge bajo su intento de arco tres sillas de oficina nuevas. El ajetreo, con sus prisas y sus papeles cayéndose porque no se llega, hacen del corredor una autopista de saludos, guiños y voces que se quedan en el sitio donde dos personas se cruzaron. Mágicamente, cuando la tarde trae el remanso y volvemos pausados, solo quedan dos sillas. A la mañana siguiente, una. Intrigado y puñetero decido secuestrar la que sobrevive durante unas horas en mi despacho. Luego más carreras y adioses y hasta mañanas. Al anochecer, cuando los edificios grandes asustan porque dejan nacer muchas penumbras, encuentro otra silla en el hueco del pasillo. Sonriendo, pienso en todo aquello que se va, en lo que viene de nuevas. En lo espectadores que somos a veces de ese proceso, por mucho que queramos meter mano. Que siempre habrá sillas vacías que desaparezcan, otras que llegan para ocuparse. Y otras que hay que cambiar, por viejas, incómodas y deseos de mejora.
Fútbol
JUEGA con la tierra
como con una pelota
báilala
estréllala
reviéntala
no es sino eso la tierra
tú en el jardín
mi guardavalla mi espantapájaros
mi atila mi niño
la tierra entre tus pies
gira como nunca
prodigiosamente bella
(Blanca Varela, Aunque cueste la noche, Eds. Univ. de Salamanca 2007)