Con carácter de urgencia, hacemos avanzar nuestra vida por las casillas de lo ineludible. Está tan impulsada por esa electricidad apremiante, que muchas veces olvidamos recordar cuáles son esos sitios por los que hemos pasado. Menos mal que hay veces en las que lo primero no es lo urgente, sino lo realmente importante, y uno nota cómo sus pies están bien sujetos al suelo que se deja pisar. Desde lo condenable que parece el ocio, por no ser productivo, hallé la mejor de las redenciones en unas horas donde un novio lloraba delante y desde dentro de su amor, en una pila de libros que viajó desde algún sitio con mar y en una voz al otro lado que se alegraba de notarme contento por sentir que tras tanto tiempo, lo importante era que seguíamos ahí, escuchándonos las risotadas.



La trampa del teléfono


ÉSTE es mi contestador automático.
Para herir, simplemente, marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 4.
Para interpretaciones literarias producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación,
no marque nada, pero tampoco cuelgue,
titubee en el teléfono (a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más largos.
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias.


(Vanesa Pérez Sauquillo, Bajo la lluvia equivocada, Hiperión 2006)