De pequeño me gustaba mirar al cielo y ver cómo quedaban suspendidos en el aire los dirigibles, en esa gracia de tiempo muerto que se tomaban para mirarlo todo calmos, girando en círculos que nunca terminaban de completarse. Ahora ocasionalmente, al salir a la calle, noto un mareo leve, desajustado, que me invita a pararme en mitad de donde esté para sentir la rotación de la tierra. Y veo que vienen todos hacia mí, apresurados, con montones de carpetas, cajas, trastos en las manos, con sus bicis y patines y motos y coches fáciles de aparcar. Que se me echan encima pidiendo que no me de cuenta del giro, que no aprecie el curso de las cosas, que sea uno más de los que se dejan llevar. No me da la gana saltarme ese mágico momento en el que el dirigible enderezaba el rumbo y todo él era una flecha concreta que avanzaba como nadie por el cielo.



La puerta giratoria


ESTOY en una puerta giratoria
y, cada cierto tiempo, me tropiezo
con las mismas tristezas y alegrías.
No depende de mí, o eso imagino,
con qué frecuencia se repite todo.
Porque a veces la puerta va muy lenta
y en mucho tiempo no sucede nada,
y en otras ocasiones cada giro
dura lo que un suspiro y me mareo.
Esto es un juego cruel lleno de trampas,
nunca consigo estar apercibida,
el miedo me domina por completo
y me anula para el aprendizaje
de emociones seriadas y macabras.
La desgracia me abate hasta el extremo
de dejarme insensible para el goce
de los momentos dulces, que son muchos.
Últimamente esta maldita puerta
es una pesadilla recurrente.
Solo espero encontrarme con tus ojos
otra vez, en cualquiera de estas vueltas.


(Amalia Bautista, Cuéntamelo otra vez, La veleta, 1999)