El honesto, el mediocre y la sillita de la esquina
2 dic 08Que la vida enseña lecciones, es una perogrullada tan lógica como que la mayoría no quiere aprenderlas. Por eso cuando apareces hablando de honestidad, como una papeleta estrujada en la mano, ganadora, que posees y los demás no, solo me queda mirarte con envidia y celo, ganas de arrimarme a ver si me toca algo de rebote. Y pasan los días y el boleto se va arrugando, sin cobrar el premio. Uno se acostumbra a verte ganador, pero en el fondo no dejas de ser uno más que presume de una suerte que no sabe aprovechar. Así que al desatarme los cordones, cada noche, solo quiero no sentirme así de mínimo, de desaprovechado y en el fondo, cobarde. Mediocre. Que solo quiero estar en un rincón, calladito, pero formando parte del espectáculo que puede ser ver cómo descubres que tu boleto es ganador. Y al irme a casa, olvidarte, porque en mi bolsillo está la papeleta buena. Jódete.
Miro el reloj sin saber...
MIRO el reloj sin saber
la hora a la que llegas,
ese agujero blanco entre dos números
donde van a ser míos los planos
de tus ojos;
la confusa maqueta de tu cuerpo
se quedará ante mí
y no sabré si es un espejismo
en el metal del péndulo,
como la luz
siempre antes que el sonido,
o si el tic-tac me trajo
de verdad tu figura,
tan visible y tan plástica
como una foto, un odio,
un deseo momentáneo de romper
el reloj
de puro miedo
a que nuestras horas coincidan
de una vez
en la puerta de mi casa.
(Vanesa Pérez-Sauquillo, Vocación de la rabia, Universidad de Granada 2002)