El síndrome del caracol
15 dic 08Se ha puesto el día blanco, chulo, diciendo, a ver si me ensucias. Por una vez lo interesante estaba dentro, y yo con la ventana abierta todo el día para no perderme nada de lo que pasaba, las risas, los gritos, el croinch croinch de los zapatos, el silencio mientras caían los copos. Quería coger frío, helarme la nariz y las puntas de los dedos. Cualquier cosa menos mirar alrededor y notar que los libros temblaban en la estantería, y las camisas con sus puños me saludaban saliéndose del armario. Tanto parecía que todo quería irse que el grifo volvió a gotear, para marcarme el tiempo por la noche. Siempre con la casa a cuestas, y lo peor, siempre dejando rastros, como cajas cerradas, allá por donde paso. Con lo fácil que ha sido siempre borrar las huellas de la nieve, no preguntarse.
Pregunto a las iglesias...
PREGUNTO a las iglesias
por qué tienen campanas,
por qué es bueno
llenar de pronto el aire
de pájaros de bronce
que aletean muy lejos,
sus piedras no contestan,
me muestran sus heridas
de arena corroída
y cuadrantes solares,
mineral existencia
que no se hace preguntas...
(Ana Isabel Conejo, Vidrios, vasos, luz, tardes, Rialp 2004)