Vampiro
20 dic 08A eso de las cuatro, sudado y frío, despierto. Soñaba con una esponja que encogía, gente que lloraba, alguien que venía desde lejos y un caramelo grande. La fiebre da eso y más. Doy la luz y pongo los pies en el suelo, frío. Me siento malito y miserable, siempre sucede igual. Asocial, porque soy el único ser raro que enferma en vacaciones, todo chulo. Ando por el pasillo, un vaso de leche, un rato de tele. Mecánicamente hago zapping y tengo tan claro que la palabra por descubrir es Vampiro que no entiendo cómo no hay familias ricas por todas partes llamando tontos a los de la tele. Dilo, vampiro, vamos. Vampiro, joder. Y nada, son las 6 y el vampiro se retira a su tumba, sin haber comido ni triunfado.
En el museo
A veces, observando a la gente ambulante
por los lentos pasillos del Museo del Prado
no puedo contenerme, y me pongo a su lado
para saber qué opina -con un gesto pedante-
de un conde, un santo, un dios, o de un perro elegante.
Os aseguro que lo mejor que he escuchado
son esos comentarios del niño malhablado
al mirar una venus desnuda por delante.
Cuando esa gente huye y en la misma salida
afirma ciegamente haberlo visto todo,
no haber dejado ni una sala olvidada
me entristezco, pensando que hay quien deja la vida
jactándose saciada de eso mismo, de modo
que mirándolo todo no han contemplado nada.
(Javier García-Márquez, Otro cantar, Pre-Textos 2006)