Aprendí una lección doméstica, sin importancia, las dos veces que estuve contigo.
Siempre debes sentarte a su izquierda en los autobuses, podría rezar.
La única razón y argumento para construir esta norma se llama azar.
El azar es la cabeza reclinada en una curva, y la sonrisa que se pierde mientras miras por la ventana. Una mano en la rodilla, un empujón cariñoso. Todo se genera en un mismo ritmo cíclico: izquierda-derecha, y dercha-izquierda si es recíproco o generoso. Nunca de otro modo.
Saber que siempre, en ese hueco a la derecha, hay alguien; del mismo modo que por ese hueco se terminará yendo cuando abran las puertas en su parada, o la tuya.
En su parada, o la tuya, sabrás que puedes dar un beso ciego en esa dirección y encontrarte mucho más de lo que tú quieres decir tan tímidamente en el último instante.
Así sucesivamente. Nunca te sientes a su derecha, porque nada de esto habría podido ocurrir.
En esa lección casi sin importancia aprendí que la vida, como los autobuses, está en constante movimiento y es una gracia haber coincidido contigo durante el trayecto.


La estatura interior


La estatura interior es un secreto
no sólo para quienes nos miran con sorpresa,
sino para el intruso que en nosotros
asiste a nuestra vida sorprendido.

En una ciudadela inaccesible,
cuyo trazado dicta el pensamiento,
el huésped al que damos cobijo se pregunta
de qué sustancia insólita está compuesta el alma,
hacia dónde se extiende su estatura interior.

Crecemos por crecer, nos dilatamos
más allá de nosotros, nuestros límites
nos son desconocidos, este orgullo
tiene una explicación, es un delirio
con fundamento lógico, un acorde
que suena dirigido a las alturas.

Menguamos sin porqué, nos contraemos
en la voracidad de nuestra llama,
hemos dado en decir que el mundo mágico
se rige por el plan de nuestra secta.
Es un delirio solo comparable
al insensato orgullo que nos mueve.
Parece que reptemos en la imaginación,
y si el aire nos pulsa no sonamos acordes.

La estatura interior nos circunscribe
a una especie difícil que solo se alimenta
de mezquindad y sueños. Es un lastre
y el modo en que se extienden nuestras alas.
La estatura interior nos cataloga
en el álbum severo de la zoologia:
la bestia equidistante,
entre el reino animal
y el reino de los dioses.

(Carlos Marzal, Metales pesados, Tusquets 2001)