Hubo un día, que al salir a la calle, una bufanda verde se quedó enredada en una rama del árbol de la entrada. Ése que siempre está seco y feo, tuvo un arrebato presumido y quiso engalanarse justo cuando ya no era tiempo de ponerse guapo. Así, la torpe y dormida carrera matutina de siempre esperó unos instantes, quizá a modo de calentamiento, para fijarse que todos los pinos de la finca bailaban a izquierda y derecha al son de un viento insoportable, que ya le había despertado a las cinco. Para qué maldecir, para qué, si tras ese autobús que ya no cojo viene otro. Para qué correr, para qué, si el viento corea mi nombre y todo a su alrededor me anima, me lleva, me abriga para poder destapar las luces de un nuevo día. Ése día fue hoy. O ayer. Cuando sopla tanto, pienso que mi gente lucha por hacerse decir. Que el aire silbe su nombre en mis oídos, y viendo cómo vuela una hoja o una señora lucha tristemente con su compra, traiga a mi memoria algo que me recuerde a ellos. También, si es muy fuerte y viene en contra, me desgañito cantando mientras camino justo detrás de alguien. La voz casi se la ve salir despedida hacia atrás, estamparse en el dorso de una señal de tráfico, morir ahogada en un charco resistente e incluso quedarse enganchada en las ramas de un árbol. Esperando que alguien se la guarde en el bolso mientras deshacía el falso nudo de una bufanda...



El Burgo Ranero - León (29 julio)


Y por fin, León. No vale de nada que cuente el madrugón, la salida a oscuras, sintiéndome un ladrón, de ese albergue que ya sentía como mi casa, lleno de calor. La caminata a oscuras, guiado por las estrellas y la tímida hilera de árboles que quieren crecer pero son incapaces de ofrecer una sombra. No vale de nada contar el miedo de escuchar, tras una hora andando en la más absoluta negritud, unas pisadas que vienen tras de mí. O el buscar a tientas la linterna que se cae y se pierde para siempre. Ni el almuerzo reparador en Mansilla de Las Mulas con esa empanada comprada el día anterior. Encontrarme a Adrián, sorprendido de haber llegado hasta ahí del tirón. No vale de nada contar la agonía hasta León, perdido entre rotondas, polígonos industriales y un sol abrasador que me quitó las ganas de seguir adelante.

Tengo la rodilla que me hace retorcer de dolor, pero valen más las lágrimas derramadas al entrar en la ciudad, por una calle cualquiera. Vale más la agonía bajando el Alto del Portillo para decir mientras voy por las calles que al final sí que valgo. Vale más sentir que lo he logrado, que los 37 kms de hoy en realidad han empezado a ajustarme conmigo mismo. Me llevo bien, pero puede ser que me quiera poco. Siempre pendiente de mi estar con los demás y para los demás, resulta irónico que el día que más solo he estado sea el de León, el de la ciudad grande.

Echo de menos los albergues, y miro al futuro con preocupación por la rodilla. Pero bueno, mañana volvemos a empezar con la vista puesta en un nuevo pueblo, en un nuevo albergue pequeñito. Es emocionante ver cómo han llegado hasta aquí gente que creí dejar atrás, como el padre y su hijo italianos, y nos hemos abrazado al reconocernos juntos en las literas de las Carbajalas. Y la paz de una misa en la Catedral, mientras el último sol de la tarde me daba en la cara filtrado por los colores de las vidrieras; una visita a San Isidoro, y un paseo por el centro de León esperando ver si X. se animaba a tomar una cerveza conmigo. Pero al final, nada. Hoy tocaba estar solo, entre tanta multitud y magnificencia, era el momento de pasar un tiempecito a gusto con Iván. Y no ha estad del todo mal. Además, que estoy de un satisfecho que te cagas. Quería compartirlo con tanta gente que al final, me lo he guardado para mí.

He comprado una navaja. He abierto el choricillo que me dio S. en El Burgo Ranero. He merendado con una brisa fresca en el patio del convento, al lado de un joven francés al que llevo viendo varios días en la distancia. Hemos hablado algo y nos hemos preguntado por qué estamos haciendo el Camino. Luego he rezado vísperas con las monjas, antes de entrar en el barracón enorme para dormir. Estoy contento, mucho. Nunca olvidaré mi mayor soledad llorando a las puertas de León. Y mañana hasta Villandangos o San Martín del Camino, ya veremos.